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  • Fue impreciso

    No sabíamos cómo empezar. Callamos. Balbuceamos cuando las caricias empezaron a nacer de nuestros dedos, de las palmas de nuestras manos. Nos daba miedo tocarnos, como si la piel fría de la noche quemase entre tu ombligo y mi ombligo.
    Todo se iba abriendo entre nosotros: tus ojos, tu boca, tu cuerpo, tu alma. Todo se volvía inifinito, tanto que no parecía que fuese a acabar en un tiempo detenido en la rara eternidad creada para los dos en el gran vacío de la nada. Que era el sueño.

  • Empezar

    Todo empezó de repente. Sin sospecharlo siquiera escuché una voz suave que intentaba consolarme. Y me acunaba entre brumas y me susurraba palabras que jamás había conocido pronunciadas sólo para mí.
    Fue un hombre. Fue una luz. Fue un misterio. Fue la razón de un día, y otro, y otro más. Y así fui siendo mujer, armándome de un valor intrépido y de un corazón ardiente. Como en una película antigua de aventuras.
    Y todo está ahí. Espero a que llegue el día de mañana. Para ver qué pasa con mi valor y con mi corazón.

  • Verte

    Nos pasó algo aquel día. Una luz invisible sólo nos iluminaba a los dos. Y nadie más lo sabía. El silencio absoluto del origen primigenio del universo se posó sobre ti, se posó sobre mí. A nuestro alrededor desaparecieron personas, mesas, árboles, noche, día, aire, humo... Y sin embargo todo se llenó de vida mientras tú me mirabas y yo no podía dejar de sentir tus ojos dentro de mí, henchidos de luz, de magma, de algo tan sólido como tangible que me hizo temblar por dentro y que me llenó de calor. Empezamos a temblar en aquel momento, por reconocernos como amantes que se aman en el más ruidoso de los silencios.

  • Principios

    Todo comenzó un día azul. Hacía frío en el parque. Se había despejado la niebla que ocultaba sombras y recovecos del corazón. Un rayo de sol a modo de espada partió en dos el espacio que nos separaba. Tú con los árboles desnudos de invierno. Yo, cercana a un lago inexistente, en cuyas aguas mansas nadaba para que tú también penetrases en el infinito de esa sensación que nos transporta a la dulzura, a la muerte de la muerte, a todo lo que conlleva placer de lo sentido en la mulitiplicación de la piel.

  • Espejismo

    Aprendimos el mapa de nuestros cuerpos. La geografía humana estaba al alcance de nuestras manos, nuestras bocas, nuestra piel. Ríos, cordilleras, abismos, simas, barrancos, montañas, cañones, senderos, mares, océanos... De memoria representamos en la mente nuestra intimidad, en forma de silencios o de brumas. Sin más.

  • Siempre

    Nos encontramos en la orilla del camino. Con sed. Con hambre. Con caricias viejas en las palmas de las manos. Y todo se convirtió en locura mientras caía la nieve un diecinueve de agosto y las lunas callaban a nuestro paso, sinuoso, insolente, amante.
    Perseguimos la sensación eterna de volver sobre nuestro pasado reconstruyéndonos en nuestros encuentros, jóvenes y descarados, sedientos de un solo placer: el que proporciona la libertad de sentir, de amar de saber quién se es en cada momento, a pesar de ti, a pesar de mí. A pesar de todos.
    Pero siempre, siempre, nos perdimos en el silbido de esa canción, la que un hombre desconocido silbó a lo lejos, mientras sus huellas imprimían su dibujo sobre adoquines desgastados, demasiado viejos. Y nosotros, de repente, despertamos de un sueño. El único sueño que nos hizo sentirnos vivos.

  • Mundos

    Todo va cambiando. Los mundos paralelos parecen tocarse en ese punto infinito donde todo parece ser posible. Pero sólo es un espejismo, la ilusión óptica de unos ojos sedientos de mentiras que alivien dolores viejos.
    Los mundos no se tocan. Muros de cristal transparente separan tiempos y espacios con la brutalidad de las piedras preciosas que rompen la tierra, el aire, el fuego.
    Separados, como elementos degenerados en obsesiones inconfensables. Separados, no somos capaces siquiera de sostenernos a nosotros mismos en la certidumbre hiriente de esta nada tan inmensa como hueca.
    Olvidados los pasados, los futuros se diluyen en un pudo ser, un debió ser, un lamento sordo y perdido.

  • Todo

    Todo fue rápido. Una sensación. Una herida. Un bálsamo. Una rendición. Y el éxtasis.
    Todo fue eterno. Sin tiempo, todo estaba conectado como en una tela de araña de color rojo y de calor a carne y fuego.
    Todo fue incierto. Callabas. Callé. Adivinabas. Adiviné. Supe de todo lo que escondías detrás de tus muros lamidos por la sal de mis lágrimas.
    Todo fue una ensoñación. Tu mente se unió a la mía mientras nuestros cuerpos jugaban a amarse entre las sombras de un paisaje olvidado y trascendido por nuestros pies.
    Todo fue. Todo existió, sí, existió, a tu pesar, a pesar mío. Porque todavía podríamos estar ocultos detrás de la niebla que puebla nuestra ausencia ahora mismo.

  • Yo fui, tu fuiste, nosotros fuimos...

    Demasiados verbos por conjugar. Un pasado imperfecto, un pretérito indefinido. Un verbo olvidado. Un verbo importante. Ser. Haber sido. Poder habido ser. Podríamos perdernos en los pronombres y en las posibilidades de los silencios sobreentendidos en los que las palabras de desteñían de sentido. Desgastamos esos silencios. Los hicimos tan nuestros que sólo ahuecamos los sonidos y los roces sonaban a vacío y el vacío llenó las bocas de besos que cortaron nuestras lenguas para nunca más hablar, ni decir, ni pensar.

  • Del revés

    Imaginé un cielo. Lo imaginé azul. Redondo, magnífico, olvidado, preciso. Imaginé las estrellas que poblaban ese cielo como ninfas encantadas, inundadas de otros cielos. Imaginé tu color. El de tus ojos, el de las líneas de tu mano. Imaginé la forma de tus besos, redondos, de incienso. Imaginé la razón de tus orgasmos. Imaginé lo ignoto, lo impensado, lo sublime, lo cierto. Imaginé y volví a imaginar. Y de repente te vi delante de mí con la intensidad de un loco deseo que se transforma en algo sólido, lleno de volumen y aristas curvadas e intensas. Imaginé un cielo. Desde mi cama, desde mi particular infierno.

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